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El chirimoyo pertenece a la familia de
las Anonáceas, que comprende unas 2.300 especies
de árboles, arbustos y lianas. Tres géneros
de la familia producen frutos comestibles : Annona, Rollinia
y Asiminia: chirimoyo (A. cherimola), el anón o
sugar apple (A. squamosa), la atemoya (híbrido
A. squamosa x A. cherimola), la guanábana o soursop
(A. muricata), la anona o custard apple (A. reticulata),
la ilama (A. macroprophyllata) la soncoya (A. purpurea),
la rollinia (Rollinia mucosa) o el pawpaw (Asimina triloba),
todas ellas con origen en los Neotrópicos.
El chirimoyo fue domesticado en la antigüedad, y
ya en los tiempos pre-colombinos tuvo lugar un movimiento
de material vegetal hacia Centroamérica, el sur
de México, y el norte de Sudamérica. El
cultivo llegó a España a partir del siglo
XVI y de allí se extendió a otros países
de la cuenca mediterránea. |
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Foto cedida
por cortesía de Proinpa
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España es el primer productor mundial de chirimoya,
seguida de Chile, Ecuador, Colombia, y Portugal (Madeira),
Perú, Bolivia, EEUU (California) Argentina, y México.
En los países Andinos, gran parte de las chirimoyas
se colectan directamente de árboles silvestres
o de pequeños huertos familiares. Una gran proporción
de los árboles se encuentran en estado semicultivado
sometidos a prácticas culturales muy limitadas.
Por todo ello, la chirimoya en estos países sigue
considerándose un cultivo sub-utilizado, dedicado
exclusivamente al consumo local. La producción
es errática y presenta problemas de poscosecha
que afecta a su comercialización.
Factores tanto de manejo de cultivo como comerciales están
en la base de estas limitaciones, como la ausencia de
material vegetal de buena calidad, de conocimiento y aplicación
de las prácticas culturales más adecuadas,
y de redes de comercialización y marketing eficientes.
Sin embargo, la experiencia ha demostrado que leves mejoras
en la tecnología pueden tener una marcada influencia
en el rendimiento y calidad del producto final. Así,
la región andina es un claro nicho para la expansión
futura del cultivo.
El primer paso de cara al incremento sostenible de la
producción de chirimoya debería ser la caracterización
y conservación de la diversidad existente, amenazada
por la destrucción de su hábitat natural.
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